miércoles, 19 de diciembre de 2012

Y murió en el intento.

Nació creyéndose especial. Podía mover los dedos de las manos y de los pies, y si hacía un movimiento brusco con brazos y piernas mientras lloraba, su madre venía, le daba cariño y todo lo que quería. Podía soñar todas las noches con la Luna, y vivir todos los días bajo el sol, con su juguete, y algo incomodo, grande y blanco que su madre le colocaba en la cintura. Se caía y parecía rebotar contra el suelo, no existía el dolor, como mucho un llanto pequeñito para que su madre le hiciese un poco mas de caso. Reía y lloraba casi a la vez, algo que parecía que solo el podía hacer. Era el centro de atención, día y noche.
Pero creció, y su madre empezó a abandonarlo todas las mañanas con otros niños. Y ya no parecía tan único, ni tan especial. Era uno más. Uno de tantos.
Y siguió creciendo, y empezó a pensar demasiado, y a creer muy poco. No creía en nada que no fuese lo que podía hacer o ver. Se propuso ser alguien, y alguien le había robado el puesto. Creció siendo uno mas, el puteado, el apartado. No había hueco para el.
Y dejó de crecer, al menos hacía arriba. Y dejó de creer. Ni siquiera creía un poco. Ni en el ni en nada. Seguía llorando, pero nadie le hacía caso cuando lo hacía. Seguía cayéndose contra el suelo, pero ya no rebotaba tan bien como antaño. Las hostias a pares, y los amores imaginarios.
Y de amores va esta historia, del joven que nació especial, y vivió especializándose en el curioso arte de pasar desapercibido. En el arte de no ser nadie en un mundo de gente con la nariz mas larga que Pinocho. Donde vale mas una imagen, que un fondo.  Donde cualquier musculo del cuerpo es mas importante que el corazón. Y el chico de esta historia no tenía ni un solo musculo, ni monedas en su bolsillo, ni un coche de lujo. En su habitación, un par de discos de The Beatles, y un póster de Kurt Cobain. No había una tele de cuarenta pulgadas en su vida, ni un solárium para su pálida piel. Vivía contando momentos, y no el dinero de su cartera.
Pero sus momentos eran muy pocos. Su vida, muy alejada de la de el resto de su generación. Y que iba a hacer, alguien tan poco digno de los cánones de belleza del momento? Pero el estaba enamorado. Y tiraba para adelante. El estaba enamorado de lo que podría hacer, si le dejaran hablar. Estaba enamorado de lo que podría decir, si le pidiesen opinión. Pero nadie se molestó en darle la palabra. Y nadie le dijo que podía hablar. Y el no quería interrumpir a un tío cachas mientras contaba una de sus batallitas.
El nació especial, creció por inercia, y murió en el intento.
En el intento de que una chica decidiese ver mas allá de la portada, y abriese el libro. Y en ese libro decidió escribir algo, pensando que nunca nadie lo abriría:
-No nos engañemos, no estamos hechos de piedra. Si fuésemos de piedra nos usarían para romper cristales. Y los cristales de tu ventanal siguen intactos, y la Luna sigue reflejándose en ellos cada noche.

Y ya sabéis el resto de la historia. Chico conoce a chica. Chica no quiere al chico. Chico pierde la cabeza y se dedica a escribirle cartas a la Luna durante el resto de su vida.
El chico creció, sin ser nadie. Vivió sin llamar la atención, y murió en el intento de llamar la suya.
Nadie dijo que fuese un cuento de hadas, y nadie dijo que todos fuésemos a ser especiales.

-AlexGuti. Esta es la historia de... de un amigo.

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